Le dije que estaba leyendo lo que habían escrito sobre él, que admiraba su destreza, su inteligencia, su trabajo, su dulzura, la fuerza de su ser.

Me respondió mientras reía:

- “Parece un cuento de hadas, falso debe ser”

Y yo reí también, sin imaginar que entre risas me decía cómo era en realidad; que no era una broma, estaba de hecho confesando la verdad; que la idea que me había formado de él, de mí, de todo, había resultado ser una fingida ilusión; y que ese caballero de reluciente armadura, no era más que un impostor, con una espada oxidada, un caballo de palo y un escudo de cartón...


Escrito en La Bellísima Verona...

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