¿A las cuantas hostias terminas de comerte a Cristo?

He comentado en mi grupo de trabajo sobre mi (hasta entonces oculto) gusto por escribir y tras una descripción de lo que denomino “escribir” (va a parecer que mis compañeros nunca fueron a la escuela) llegué a la conclusión de que no les ha importado más que una mierda.

Me preocupa un poco, para ser sinceros, pues no es una de esas cosas que yo vaya presumiendo por la vida. En primera porque me sé un pésimo escritor y en segunda porque dudo mucho del hecho de que a alguien le interese lo que pienso o lo que tengo que decir, sin embargo, allí esta, porque soy de la creencia de que guardarse las ideas da lugar a la generación de diminutos monstruos que poco a poco se van comiendo tu cerebro.

Alguna vez, cuando era niño, tuve la imaginación de que los mocos eran ideas viejas que se echaban a perder dentro de la cabeza y comencé a escribir.

Digamos que es el anticongestivo de mi alma.

¿Duele que no te hagan caso al compartir un pedacito de tu verdad? Pues no, no realmente. Llega un punto en la vida en que uno se acostumbra a ofrecer y no ganar, lo cual considero un acto muy honesto de generosidad. Llega un punto en el que entiendes que, aunque el mundo es muy grande, de vez en cuando tienes la mala suerte (o suerte) de pisar en terrenos donde no eres comprendido, donde no encajas o simplemente donde estas fuera de lo normal, pero vamos a ver, un error en una tesis es catástrofe; en una obra cómica, es la felicidad.

He asistido a mi primera sesión de DabetIMSS, algo de lo que escribiré después para no olvidar algunos detalles, hay que ir durante un año.

El tiempo apremia y los pendientes aun son demasiados, yo no debería estar escribiendo esto en horas de trabajo, pero total, soy joven y rebelde, YOLO.

 

(Yo a mis 32)



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