Con la sal en el lomo

Cuando niño siempre creí que mi abuela era una especie de persona perezosa e impaciente pues era particular su forma en que, de volada, se enojaba conmigo y mis primos y nos masacraba a chancletazos por casi cualquier cosa que hiciéramos.

Ya por fin de adulto entendí que no era cosa baladí cuidar y atender a esta tríada de escuincles desmadrosos y que eramos mas una pena que una bendición.

Mi abuela se encontraba especialmente cansada de los pleitos de mi primo menor (por 5 meses) y yo, en los que, cual colosos de la lucha libre, nos lanzábamos con las sillas, adoquines, palos de escoba ya sin escoba y una que otra promesa de muerte. La pobre, ya grande, diabética y cansada, había hecho uso de toda su creatividad punitiva y comprendía que los chanclazos ya no servirían para estos mocosos que habían desarrollado finalmente nalgas duras como la piel de un cocodrilo. Pero mala idea era subestimarla.

En medio de uno de nuestros tradicionales pleitos, pronta y oportuna mi abuela nos pilló de los cabellos, nos sacó al patio trasero, nos amarró por las muñecas a uno de los naranjos que daba menos sombra, nos levantó las playeras y, aprovechando el sudor natural que provocan los calores de mi tierra, nos tapizó la espalda a cada uno con abundante sal.

“Y no los voy a soltar hasta que se hayan lamida toda la sal de la espalda y aprendan a quererse” Dijo, y se regresó a la casa.

La historia que les cuento termina bien, mi primo y yo nos quisimos veinte minutos y después no nos volvimos a dirigir la palabra en mucho tiempo (ni a pelear).

La estrategia de mi abuela funcionó bien, pero lo bailado nadie nos los quita… y el trauma tampoco.



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