Tacones dorados

 

Era como las Diosas, de suaves cabellos y labios cincelados; se abría paso como un venado con gracia, entre los depredadores que la acechaban listos para devorarle.

Era la causa de los pecados carnales, era la piel que deseamos las mujeres que llegamos al ocaso, bella, bella como las flores de primavera, con sus escasos veintitrés.


Tenía los labios carmín y sus zapatos dorados, si, esos tacones dorados que la hacían sentirse como cleopatra o como la más bella de Egipto. Era la musa del poeta, del pintor, del carpintero.

Sus ojos de chocolate amargo, delicadamente ahumados se perdían entre el tumulto; el movimientos de los transeúntes la aturdían, pero trataba de no ver y seguir, ensimismada. Quería ignorarlo todo para no tener que preocuparse por lucir bien.

“Le hace falta un acompañante”, decían cuando pasaba sola y altiva…y ella para sus adentro reía y reía, porque ya en otras ocasiones había aceptado acompañantes en su desgraciada vida.

A ella no es que no le gustara la compañía, el problema es que hasta su sombra la había abandonado cuando caía la oscuridad. Cada persona que había llegado a su vida se había encargado de mostrarle facetas de sí misma, que ni ella misma sospechaba que existían. Después de cada derrota, había construido para el exterior una careta que le permitía fingir ser feliz, aunque en realidad para sus adentros se le haya muerto hasta el sol.

La habían abandonado, así como a Nina, a durazno y Adonis, sus gatitos, compañeros y confidentes de largas noches de vino, lágrimas y muerte.

Estaba harta, cansada de ser el objeto con el cual se divertían los hombres; tomo una barra color cereza y pinto en el espejo una enorme sonrisa sobre el reflejo. Se juró esa misma noche que jamás volvería a ser fea. Se convirtió en lo que las mujeres llaman promiscua.

Y entonces se enamoró de ese par de tacones dorados que lucía cada vez que planeaba ser ave de paso, como la describía Sabina.

Se metía en el papel de acompañante de lujo, se vestía de etiqueta para conquistar a corazones impúdicos. Y se plantaba en medio del salón más concurrido y las miradas caían sobre el escote pronunciado de su espalda desnuda y sensual. Se encendían las miradas y causaba incendios, los latidos se unían al compás de los tacones sobre el suelo. Se moría uno que otro gorrión de un paro al corazón.

Y era la diosa Hathor, o la mismísima Afrodita... era la sensualidad hecha humana, el deseo moldeado en carne y huesos… la teniente de cientos de soldados caídos en un montón de guerras.

Era la figura poética de la mujer usada, de las aves de paso, de las joyas usadas en las coronas de los virreyes. Y aunque sabía que su belleza algún día se marchitaría a ella no le dejaba de gustar sus zapatos de tacón.

En su mente recordaba aquella noche en la que juro a si misma jamás volver a ser fea, y se enamoró de sus tacones dorados, de su piel y de sus labios, para no tener que volver a sufrir jamás.

 

 


Escrito en Cosamaloapan de Carpio, Ver., México


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